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p r e n s a

En este apartado recojo algunos textos publicados en prensa escrita.

 

 

PENSAR LA AVENTURA

(DESNIVEL – Revista, Nº 385 – julio/agosto 2018)

Aventura

“Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. Así describe la Real Academia Española de la lengua el término aventura. Pero, a la vista de los resultados de las innumerables aventuras de la humanidad a lo largo de los siglos, creo que podemos añadir que la aventura expande los límites del territorio conocido y nos hace crecer, como personas y como especie. Incertidumbre, riesgo y crecimiento son elementos que comparten las grandes exploraciones de la antigüedad y la actual exploración el espacio exterior, como compartieron las expediciones al Himalaya del último siglo y las actividades de los modernos profesionales de los deportes de aventura. Pero no sólo eso, incertidumbre, riesgo y crecimiento también están en las actividades de científicos y artistas, así como en la actividad de tantas y tantas personas que, con su esfuerzo altruista, empujan los límites naturales de nuestra especie y, en cierto modo, nos hacen crecer a todos.

Una aventura es un viaje de lo conocido a lo desconocido, un viaje que se produce en el territorio del misterio y la incertidumbre, y que, por esa razón implica la necesidad de afrontar riesgos y peligros. El primer riesgo se presenta ya antes de empezar, porque, debido al alto contenido de incertidumbre de toda aventura, es imposible saber si será un éxito o un fracaso. Ninguna aventura puede ofrecer garantías de éxito a priori. De manera que las aventuras se inician con el deseo de alcanzar el éxito, pero con el riesgo del fracaso siempre presente.

Primer obstáculo: dinero, utilidad y éxito

Con frecuencia ocurre que los objetivos de las actividades humanas se valoran en función de su utilidad o rentabilidad. En nuestra sociedad, tan regida por criterios financieros y mercantiles, parece necesaria una declaración de utilidad del objetivo para hacer comprensible el esfuerzo necesario para alcanzarlo. Todo objetivo y todo esfuerzo, tiene que ser justificado en términos de utilidad o beneficio. Si no hay un beneficio claro y medible en términos comerciales, todo esfuerzo parece absurdo. Pero, ¿dónde quedan entonces la belleza, la pasión y el altruismo que caracterizan a la aventura? Tal vez por eso, en nuestra cultura del embrutecimiento, vemos a veces que la cumbre tiene más valor que el camino recorrido para alcanzarla. Sin embargo, cualquier escalador sabe que la compensación de escalar una montaña se obtiene desde que se pone el primer pie en la ladera. La propia acción de escalar es la compensación. Incluso, si me apuran, ni siquiera es necesario alcanzar ninguna cumbre para disfrutar de una espléndida jornada de escalada. Si no, que se lo pregunten a los escaladores deportivos. En ese sentido, el hermoso título “Conquistadores de lo inútil”, del libro de Lionel Terray, siempre me pareció una contundente declaración de principios contra esa tendencia a justificarlo todo mediante criterios de utilidad. Porque ¿cuál es la utilidad de la poesía o la música?

Una de las nociones claramente contaminadas por los empobrecedores criterios mercantiles es la que representa la palabra éxito. El primer riesgo que hay que afrontar y aceptar en cualquier aventura es la posibilidad de fracaso final. Pero, cuando nos embarcamos en una aventura que implica incertidumbre y riesgo, lo hacemos convencidos de que, indistintamente de que el resultado final sea un éxito o un fracaso, al final del viaje nos espera, como mínimo, otra forma de ser nosotros mismos en la que habremos crecido y desarrollado nuestras cualidades. Incluso al final de las aventuras que terminan en ‘fracaso’, hay territorio abierto para el aprendizaje y el crecimiento. En ese sentido, en toda aventura hay un éxito, aunque en ocasiones sea difícil verlo y los miopes criterios del mercado incluso lo nieguen.

Por qué

¿Por qué ir más allá de los límites de lo cotidiano y la certidumbre? ¿Qué imán poderoso arrastra a algunas personas fuera de su zona de confort para explorar lo desconocido? La respuesta más inmediata y evidente es la curiosidad. Pero hay más. Los seres humanos somos criaturas complejas en las que la dimensión espiritual de la experiencia añade elementos abstractos y emocionales que no son fácilmente computables. Aparecen ahí ingredientes como la pasión, la belleza y hasta la locura. 

Hay millones de respuestas posibles a la pregunta de por qué rebasar los límites de la zona de confort. Cada explorador, cada escalador, ya sea alpinista o escalador deportivo, como cada persona que se esfuerza para llegar un poco más allá y expandir los límites de lo conocido (lo que incluye también a los científicos y los artistas entre los aventureros) tiene su respuesta personal. Pero yo creo que todos ellos, por debajo de su respuesta personal y de su experiencia única, comparten elementos de fondo en sus motivaciones. ¿Podríamos hablar de un hilo que une a personajes tan distantes en el tiempo como Marco Polo y Kilian Jornet, o como Cristóbal Colón y Carlos Soria? Yo creo que sí. Porque creo que detrás de la actividad de exploradores, astrónomos, escaladores, artistas o matemáticos, hay un denominador común: la pasión por expandir los límites de lo conocido.

Pero ¿por qué aceptar riesgos y peligros? En primer lugar, porque no son tan inminentes. Ningún explorador, aventurero, escalador, músico o astrónomo, es un suicida. Todo aventurero estudia su objetivo, se adiestra y se equipa lo mejor posible, aunque información, adiestramiento y equipamiento sean siempre insuficientes, comparados con el tamaño de la incertidumbre. Y, en segundo lugar, por razones tan inútiles como la belleza, la plenitud de sentirse conectado al universo a través de ese enchufe maravilloso que es la naturaleza en el planeta tierra, por recuperar aquellos elementos de lo que somos que permanecen enterrados bajo capas de sentido común y costumbres opresivas, por crecer…

Laberinto

Toda aventura tiene algo de viaje al centro del laberinto para matar al minotauro. El laberinto, ese lugar pensado para confundir a la inteligencia, invalida de una manera natural nuestra cómoda lógica y nuestros prejuicios, y se convierte en un territorio donde la mirada siempre es nueva y donde nuestra sensibilidad, recién recuperada bajo los estímulos de lo “diferente y desconocido”, nos puede devolver por un instante la visión del paraíso. Por otro lado, el minotauro que habita en el centro del laberinto es un símbolo polivalente que puede ser la representación de cualquier misterio por resolver. 

Explorar un territorio desconocido para desvelar un misterio, ya sea resolver un problema matemático o alcanzar la cumbre de una montaña inaccesible, requiere abandonar nuestra zona de confort, el ámbito de lo familiar, requiere abandonar las garantías que nos ofrecen nuestros hábitos cotidianos y nuestras certezas, y requiere también que renunciemos a los prejuicios que hacen la vida cómoda, pero limitan nuestros sentidos y empobrecen nuestra experiencia. Si entramos en la naturaleza desnudos de artificios y dispuestos a aceptar su lenguaje, es muy posible que descubramos que en el corazón de la aventura puede estar una de las recetas para alcanzar la plenitud. Porque, una vez abandonados los filtros rutinarios de las costumbres, nuestros sentidos están listos para ofrecernos la conexión con el universo que nuestra dudosa civilización nos niega. Alcanzar cierta conciencia de esa unión con el todo, que nos ofrece la naturaleza salvaje, puede ser el primer minotauro muerto por el espíritu de la aventura.

Dos geografías

Más allá del límite de lo conocido se sitúa el territorio de la aventura, un lugar raro que está en dos sitios a la vez: uno situado en la geografía y otro situado en el espíritu. Por un lado la geografía exterior que describe la topografía y, por otro, la geografía interior, tan insuficientemente descrita a pesar de los esfuerzos y los avances de la neurología, la sicología, las disciplinas espirituales y las artes.

Si bien toda aventura, tarde o temprano, acaba conduciendo a lugares salvajes y remotos, lo cierto es que el impulso inicial arranca del paraje interior donde crecen las pasiones: el alma del aventurero, el lugar donde habita el deseo de conocer. Y también ocurre con frecuencia que el destino de la aventura está situado en esa misma geografía interior, con lo que frecuentemente se da la paradoja de que el aventurero viaja a lugares remotos e inhóspitos para buscar algo que siempre ha llevado dentro, algo que estaba muy cerca. En este sentido, el aventurero siempre lleva con él una parte importante de lo que busca, el problema es que ese misterio está en el centro del laberinto interior y a veces resulta inaccesible. De ahí que el territorio fronterizo donde se desarrolla la aventura sea un laberinto en el que uno busca cosas esenciales. Con frecuencia ocurre que los lugares remotos e inhóspitos donde la aventura expande los límites de lo conocido son una bella metáfora, a veces despiadada, del laberinto espiritual donde tiene lugar la aventura interior.

Dimensión social

En toda acción de progreso, en toda acción de empujar las fronteras de lo conocido llevando al límite las propias posibilidades personales, hay una dimensión social. Porque cada vez que una persona expande los límites de lo que es, también expande los límites de lo que es la especie humana. Yo a esto lo llamo socialización de los logros de las vanguardias. Porque cuando un atleta baja una milésima de segundo el récord mundial de los cien metros lisos, la velocidad media de la especie humana aumenta. Claro que yo no lo noto, apoltronado en mi sofá viendo las olimpiadas en directo, pero en esto las estadísticas no mienten. Pensemos en lo que ha ocurrido en los últimos cien años: lo que a principios del siglo veinte sólo estaba al alcance de unos pocos atletas, hoy es rutina para grandes masas de aficionados. Pensemos también en las vías de escalada que hace sólo cuarenta años eran consideradas míticas. Hoy son simples clásicas al alcance de cualquiera y, además, ese cualquiera las hace en menos de la mitad del tiempo que empleábamos en aquellos años. Y lo mismo se pude decir de las ciencias, las artes y tantas actividades humanas. 

El aumento de las facultades y conocimientos de nuestra especie es el fundamento más consistente que le veo a la aventura. Ahí está la razón para tantos esfuerzos y sacrificios. Y es una razón generosa que comparten aventureros, científicos y artistas, una razón altruista que, en mi opinión, es mucho más deseable que el provecho egoísta de los negocios y las guerras. Porque yo veo un fondo de altruismo en los millones de pasiones individuales, visionarias y generosas, que se esfuerzan y arriesgan para desarrollar las facultades compartidas de nuestra especie. Al menos, eso es lo que yo he tenido el privilegio de intuir en los ojos de la mayoría de mis compañeros y compañeras de aventuras: generosidad y altruismo.

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