fragmentos

LMI Tit NO Som 4

f r a g m e n t o s

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«Uno de agosto.

Suelto amarras. El paisaje se desliza hacia el pasado y se derrumba en el tiempo. Sólo unos segundos bastan para que se produzcan cataclismos en la memoria. ¿A quién retenían las amarras? ¿Al barco, o era al puerto al que sostenían y daban sentido?»

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–El horizonte está ahí para pisarlo, dijo Rodrigo.

–Pues a mí me parece que el horizonte nunca se pisa. Para mí, esa es la gracia del asunto. Creemos que lo pisamos cuando llegamos al final de algo que nos hemos propuesto, pero, una vez allí, siempre te encuentras con que el horizonte está en otro sitio, ha retrocedido.

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Abajo, en el valle, salía humo de alguna chimenea y se empezaban a encender algunas luces. Oscureció. Estaban solos y fuera del mundo, pero más en el mundo que nunca.

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Puso la mano en el primer agarre, tiró un poco mientras se impulsaba con la pierna contraria y en ese instante sintió que todos los enigmas se diluían, que todo lo abstracto se hacía concreto, que todo el universo se hacía roca y que él podía dialogar con la roca en un idioma que hasta entonces nunca había hablado con tanta fluidez.

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(…) lo que los dos compartían era un exceso de elementos ficticios en su visión del itinerario. Era más lo que imaginaban que lo que realmente sabían. Y eso era lo que les colocaba en situación de desventaja en relación con la realidad. El resultado de computar lo que sabían, menos lo que no sabían, más lo que imaginaban, era pura fantasía.

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–(…) Y ¿qué es lo único que se puede hacer en el fin del mundo?

–Me has pillado.

–Volver. Desde aquí sólo se puede volver. Pero ¿volver adónde? Esa es la cuestión. ¿Queremos volver a lo que éramos? A lo mejor, para eso, no hacía falta venir hasta aquí, ¿no?

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«Nueve de septiembre.

Vuelvo a una orilla sin puerto. No hay nada en el lugar donde estaban los edificios que se derrumbaron al soltar amarras. Un Nuevo Mundo me espera en la otra orilla de mí mismo. Un continente nuevo ha emergido de las capas profundas de mi identidad empujado por las fuerzas tectónicas del amor y la muerte. ¡Tierra!».